El Aroma de las Flores

Publicado el 9 de abril de 2026, 23:58

Me he despertado esta mañana con el aroma a café y flores. Mi madre siempre dice que los olores son inspiración. Aún no sé para qué. Pero sospecho que hoy tiene razón.

A las nueve en punto el metal de la persiana chirría. Es una queja aguda que despierta a toda la calle. Es mi ritual diario. El aire frío de la mañana se cuela de golpe. Se mezcla con ese perfume denso de los lirios que llegaron anoche. A mis treinta años mi vida es un bucle sensorial. Espinas. Agua helada. Ese olor a tierra mojada que se me queda pegado a la ropa como un tatuaje invisible.

La floristería se llama "El Jardín de las Dudas". Es un caos organizado de tallos verdes y cristal empañado. Mientras preparo el primer cubo de agua observo las fresias. Son mis favoritas. Su olor es limpio e inocente. No son como las rosas rojas. Las rosas siempre me han parecido un poco pretenciosas.

Mis amigas están ocupadas. Envían correos desde oficinas con aire acondicionado. Discuten sobre el color de los manteles de sus bodas. Yo paso los días creando finales felices para otros. Estoy atrapada en este jardín interior. Corto los tallos en diagonal. Uso un golpe seco de la tijera. Intento no pensar en que mi mayor interacción social es explicar por qué no se regalan claveles amarillos si buscas perdón.

Me quedo quieta un momento. Tengo las manos húmedas. El delantal está manchado de savia. Espero que alguna fragancia me descoloque de verdad. Que algo me anuncie que mi vida no se va a quedar estancada entre pétalos marchitos.

Entonces suena la campanilla. Son las nueve y cuarto.

Es un hombre. No es el tipo de cliente que busca un ramo rápido para salvar un aniversario. Lleva una chaqueta de cuero desgastada. Tiene el pelo revuelto por el viento de marzo. Pero lo que me detiene es su olor. No huele a oficina. No huele a colonia barata. Huele a leña y a asfalto mojado. Es una fragancia que no encaja con la delicadeza de mis fresias.

—Busco algo que no sea demasiado "floristería" —dice.

Hace un gesto vago con la mano. Señala los ramos ya preparados. Lo miro con una ceja levantada.

—Estás en una floristería. Es difícil evitar las flores.

Él suelta una risa corta. Es un sonido casi privado.

—No quiero un perdón empaquetado en celofán. Quiero algo que parezca que ha crecido de forma salvaje. Algo que no pida disculpas por existir.

Me quedo en silencio. Por primera vez en meses alguien no me pide "lo de siempre". Sus ojos recorren la tienda. Se detienen en un rincón oscuro. Allí guardo las flores que otros consideran imperfectas. Cardos azules. Ramas secas de eucalipto. Anémonas de color púrpura oscuro.

—Esas —dice. Señala los cardos—. ¿Cómo se llaman?

—Eryngium —respondo. Me acerco a él—. La gente los llama cardos. Pinchan. Son difíciles de manejar. No duran tanto como una rosa de plástico.

—Perfecto —contesta él. Nuestras miradas se cruzan sobre el mostrador de madera—. Me llevo todos los que tengas.

Él paga con un billete de veinte euros. Sus dedos rozan los míos al recoger el cambio. Están calientes. Es un contraste violento con mis manos congeladas por el agua de los cubos. Se marcha sin decir nada más. La campanilla vuelve a sonar. El olor a leña y asfalto se disipa.

Me quedo sola con el billete en la mano. Noto algo extraño. Le doy la vuelta. En el reverso hay algo escrito con rotulador negro. Una dirección y una hora: "Café Central. 20:00. No traigas flores".

Miro mis manos. El aroma a café de la mañana ha desaparecido. Ahora solo huelo a cardos y a una curiosidad que me quema los dedos.